Y tengo enfrente un cuerpo familiar de una persona desconocida, cuyas palabras son cálidas y cuyas armas caen ahora al suelo sin fuerza. Puedo rodear esa persona con la mirada. Cada uno de sus recodos es terreno por colonizar. Palpo ese cuerpo con la mente. Sus huellas dactilares coinciden exactamente con las que exploté. Intento identificar el sentido de sus señales y no hallo respuesta. Sin embargo, la cadencia de sus manos tiene reminiscencias de mis caderas. Examino sus pupilas de cerca, no encuentro color existente en la Tierra. Pero sus miradas guardan reflejos de mis pasos en la distancia. Y me detengo ahí, ante sus ojos depredadores que trepan por todo mi cuerpo, novedoso e irreconocible para él, de una persona familiar. Leo cada una de las letras que me acechan. Y vibro. Aparto la mirada para buscar a tientas palabras vacías que distraigan su atención. Pero esta vez, sus balas son más rápidas.
De repente, una bocanada de perfume me secuestra y me lleva a una caverna de recuerdos desdibujados enterrada en un futuro incierto. No hay luz. No hay calor. No hay vanos. Sólo (un) eco (de momentos).
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