domingo, 31 de marzo de 2013

Tú, que siempre ríes y luego,
te caes desde lo más alto;
que tu sensibilidad
es más intensa en la debilidad;
que tus problemas
se convierten en los míos,
que rascas y encabas
para sacar mi curiosidad
por la música;
que estamos juntos en todo;
que tus acordes me guían
perdiéndome en ángulos oscuros
de mi casa;
que siempre me acompañas
y te sientas a mi lado
y me hablas a la cara.

¿Cómo abrazarte
si sólo puede tener tu voz?
Enrosco los brazos
y el humo en blanco
y negro de tu garganta
se esfuma haciéndose un diábolo
mientras las puntas de su pelo
se retuercen, como el dolor en el pecho,
en remolinos y, por el frío,
pasan a ser aguaceros.

Quisiera hacerte saber
que estamos aquí
por ti y para ti.
Quisiera agarrarte por la espalda
y decirte que la bajada acaba;
que, si hace falta,
descargues tu rabia;
que el peso se va yendo.
Quiero, segundos posteriores,
esbozarte una sonrisa,
aunque sea blanda.

Lo único que cura
es la música.
Así que supongo que tu guitarra,
tu máxima aliada,
se estará enmoheciendo.
Y espero
que encuentres una recta
que te mantenga
en pie,
porque sé que el silencio
es lo peor que puede haber.

(22/12/2010)

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